
Reproducción y restauración de cerámica de origen arqueológico
Una ventana a las sociedades del pasado
La reproducción de cerámicas arqueológicas es fundamental en la divulgación científica. Ayuda al público y a los profesionales a comprender los procesos tecnológicos de sociedades que se han desvanecido en el tiempo. A continuación te mostramos cómo recreamos cerámicas provenientes de excavaciones.
La reproducción de cerámica Argárica como muestra de nuestra aportación
Desarrollada en el sureste de la Península Ibérica entre 2200 y 1550 a. C., es uno de los sistemas sociopolíticos más complejos de la Edad del Bronce Europeo. Gracias al excelente estado de conservación de sus restos arqueológicos, es una de las culturas antiguas que mejor han podido estudiarse. La mayoria de yacimientos se han encontrado en Granada, Murcia y nuestra tierra, Almería. Esta disponibilidad, sumada al amor vocacional que tenemos por nuestra profesión, nos ha animado a profundizar en sus cerámicas.

El estilo empleado para la manufactura de estas se distingue por su estandarización morfológica y volumétrica, perfiles controlados y superficies finamente bruñidas. La carena —arista marcada a media altura— es uno de sus rasgos más reconocibles. Entre las formas habituales figuran cuencos abiertos y cerrados, vasijas globulares, ollas de perfil en “S”, recipientes carenados, copas y vasos cilíndricos, presentes tanto en contextos domésticos como funerarios.
Una reproducción rigurosa exige respetar las características formales, técnicas y estéticas documentadas. Los datos arqueológicos permiten definir criterios para la selección de materias primas, los métodos de modelado y las condiciones de cocción.
La manufactura era manual, sin torno, mediante técnicas de rollos o churros. Las arcillas procedían de depósitos locales, seleccionadas por su comportamiento mecánico y térmico. Las paredes, delgadas, se alisaban y bruñían antes de la cocción con cantos rodados o madera dura, obteniendo superficies homogéneas y sin marcas visibles de herramientas. La decoración es prácticamente inexistente; los pocos ejemplares con incisiones son excepcionales.
La coloración —negros, grises, marrones o rojizos— deriva de la atmósfera de cocción. Las estructuras de combustión directa, alimentadas con madera y rastrojos, generaban atmósferas reductoras responsables de los tonos oscuros y de las características “marcas de fuego”.










La cocción es uno de los aspectos más difíciles de reconstruir, pues no se han identificado hornos en los yacimientos. Los análisis térmicos permiten proponer un modelo basado en estructuras simples, temporales o semipermanentes, que no dejan restos reconocibles. Entre las opciones plausibles figuran fosas poco profundas, hogares abiertos mejorados y pequeñas cámaras semicerradas formadas con una mezcla de barro y combustible similar al adobe.
Estas configuraciones permitían alcanzar temperaturas de 600 a 900 ºC, coherentes con los niveles de sinterización observados. La predominancia de tonos oscuros confirma el uso de atmósferas reductoras, obtenidas al limitar el oxígeno mediante capas de combustible, cenizas o cierres parciales en las fases finales.El combustible incluía madera local, ramas finas y matorral, materiales que generan calor rápido y favorecen la reducción. Las “marcas de fuego” coinciden con los patrones propios de cocciones directas y estructuras no estandarizadas.
En conjunto, los datos indican que la cerámica argárica se cocía mediante técnicas de baja complejidad estructural pero con un control operativo notable, suficiente para obtener superficies bruñidas, pastas homogéneas y las tonalidades oscuras características de esta tradición.